El beso de la flama
Javier Agreda, publicado en DOMINGO el 11 de febrero de La República

Periodista, fotógrafo y escritor, Javier Arevalo (Lima, 1965) se dio a conocer como uno de los narradores jóvenes más activos de la primera mitad de los 90 con sus novelas Nocturno de ron y gatos (1994) e Instrucciones para atrapar un ángel (1995), además del libro de cuentos Previo al silencio (1995). Ese primer ciclo creativo -caracterizado por sus temas casi siempre adolescente, una retórica vanguardista y el uso del lenguaje oral de los jóvenes limeños- se cerraría con un libro escrito especialmente para niños, la novela Vértigo bajo la luna llena (1997). Tras algunos años de silencio, Arevalo nos envía desde España El beso de la flama (Opera Prima, 2001) su más reciente novela ambientada precisamente en la Lima de inicios de los 90.
Dos personajes provenientes de mundos muy diferentes son los protagonistas
de esta historia. Uno de ellos es David Abril, alter ego del autor, un escritor y periodista vinculado a los medios artísticos y bohemios; y también a todo tipo de seres marginales (drogadictos, travestis, delincuentes).
El otro protagonista es Valeria, militante de un grupo subversivo e hija de un dirigente del MRTA, con oscuras conexiones con algunos de los más importantes personajes de la política peruana. Ambas historias, llenas de sucesos y personas "reales", aunque se presenten con nombres cambiados (a la manera de Bayly), confluyen en la peculiar y accidentada relación amorosa que se establece entre David y Valeria. Y en un casi inverosímil final en el que David y sus amigos bohemios se transforman en valientes y audaces guerrilleros.
Estructurar un relato a partir de una pareja de protagonistas tan disimiles obliga a Arevalo a todo tipo de audacias técnicas, a continuos saltos en el espacio, en el tiempo y en el punto de vista narrativo. En gran parte de la novela, la historia "bohemia" y la "política" (cuyo núcleo es el largo cautiverio de Valeria bajo el poder de sus excompañeros) son presentadas en paralelo, alternándose cada 10 paginas para desconcierto de los lectores, quienes deben tener mucha paciencia para encontrar el vinculo entre ambas. Acentúa la confusión el hecho de que todos los narradores, en primera o tercera persona, tengan el mismo limeñisimo lenguaje, y empleen el mismo tipo de imágenes y referentes provenientes de la cultura de masas. Es como si la voz de David se escuchara incluso en las reflexiones mas intimas y personales de Valeria y los demas personajes.
Pero es precisamente esa voz narrativa de David lo más interesante de la novela, pues manifiesta que Arevalo sigue siendo un narrador eminentemente lúdico y adolescente, capaz de sacrificarlo todo (coherencia, verosimilitud) por lograr una imagen original y audaz, o una frase sonora y contundente. La mayoría de las veces el sacrificio es infructuoso (como cuando hace decir a una emerretista: "chequee a la niña: era una estilizada belleza americana, del tipo Pocahontas"); pero cuando acierta, especialmente en las descripciones, nos hace recordar -y guardando las distancias- el aliento poético de La casa de cartón, paradigma de la literatura joven peruana. Además, Arevalo vuelve a mostrarse como un escritor con una gran amplitud de recursos, algo ya señalado por la critica, pues puede relatar con bastante solvencia desde sueños hasta situaciones de acción pura.
Novela ambiciosa y excesiva, El beso de la flama ha pretendido reunir todos los problemas de la sociedad peruana de inicios de los 90, desde la crisis económica hasta el terrorismo, desde la corrupción política hasta la marginalidad urbana. El resultado es un libro disparejo, en el que abundan los cabos sueltos, sucesos irreales y personajes secundarios poco desarrollados, que aparecen y desaparecen casi sin motivo. La amplitud y complejidad de los temas exigían un autor sereno y maduro, y definitivamente no resultaban los mas apropiados para Arevalo, quien parece haber decidido ser un escritor eternamente adolescente.
Javier Agreda S.