Pasión y muerte
El beso de la flama, Víctor Coral, Debate 115
La joven narrativa peruana ha tenido un repunte as escala internacional en los
dos últimos años. Todo empezó el año pasado con la
nominación de Iván Thays al reconocido premio Rómulo Gallegos.
Continuó con el lanzamiento que Alfaguara en España hiciera de Los
años inútiles, exitosa entrega del arequipeño Jorge Eduardo
Benavides. Ahora nos sorepnde el periodista y escritor Javier Arévalo (Lima
1965) con una novela sobre el Perú de los ochenta, la misma que ha merecido
el reconocimiento de la editorial madrileña Opera Prima.
Anteriormente, Arévalo había entregado a la imprenta Una trampa
para el comandante (1989), Nocturno de Ron y Gatos (1994), Previo al silencio
(1995) Instrucciones para atrapar a un ángel (1995) y Vértigo bajo
la luna llena (1997), esta última también publicada por Alfaguara.
El beso de la flama es una novela que, en un primer estrato, plantea una lectura
algo desmañada aunque rica en matices cuando aborda la violencia política
y la descomposición social que asolaron el Perú durante los ochenta.
La historia de Valeria y su secuestro, y la de David y sus díscolos amigos,
se van acercando como turbulentos ríos que confluyen hasta formar un pongo
revuelto al final de la novela. El desenlace es tan convincente como accidentado
la forma en que los sucesos se encadenan para llegar a él.
En el nivel estilístico la novela se sostiene con cierta consistencia.
Tiene buenos momentos como cuando el narrador reflexiona -felizmente de manera
breve- sobre la naturaleza del deseo humano "El deseo es una emoción
que nos conduce a un estado de enajenación total. La búsqueda del
placer besa siempre los labios de la muerte. Pero nadie elige su objeto de deseo,
es algo que nos encuentra en el camino, aunque no estemos buscándolo".
Aun cuando esta dinámica Eros-Thanatos pueda sabernos a un lugar común,
no hay duda de que termina siendo el verdadero tema del libro. Los personajes
de Arévalo están constantemente enfrentados a una especie de fatum
implacable que los impele hacia el peligro y la muerte de la manera que los falsos
reflejos atraen a las polillas, como lo revela el preciso párrafo inicial
del libro.
Al final de la novela, en ese sentido, es una que clave nos ayuda a comprender
la intención ulterior del autor. Los protagonistas, luego de una refriega
sangrienta huyen en un auto con un moribundo a cuestas. A lo lejos se ve una luz
que probablemente sea una ciudad. Desde donde están no pueden saber qué
los espera en ese fulgor, si la salvación o la caída irremisible
en la nada. Pero igual se acercan a toda velocidad. La esperanza y la muerte se
imbrican para cegarlos, para negarles una salida clara, pero el deseo (¿de
vida o de muerte?) los obliga a continuar. Esta podría ser también
una metáfora de la situación del país en aquellos años
cuando parecía no haber salida a la violencia y, jalonados por la catástrofe
del gobierno aprista, seguíamos por inercia una luz al final del camino
que de pronto se convirtió en espejismo.
El beso de la flama, más allá de algunos problemas estructurales
e imprecisiones episódicas, es la novela más elaborada que se haya
escrito sobre la época.