Seducidos por la Luz Fernando de Szyszlo

Publicado en el Dominical de El Comercio, 24-03-02
Espero que nadie de los aquí presentes piense que al participar en la presentación del libro El beso de la flama de Javier Arévalo mi contribución vaya a consistir en una enjundiosa crítica de esta novela, ya que esa parte, la parte seria, se ha encargado mi acompañante en esta mesa, la admirable poeta y escritora Giovanna Pollarolo. Yo he aceptado la invitación generosa de Javier Arévalo de tomar parte en esta presentación porque me imagino que la invitación ha sido hecha por dos razones.
La primera, mi inveterado amor a la literatura, de la que hace 65 años soy un consumidor irreprimido.
La segunda, que conozco a Javier Arévalo desde que comenzó su aventura literaria como reportero cultural de El Comercio.
Hace ya muchos años un joven periodista de ese diario se comunicó conmigo por teléfono y como seguramente tenía yo alguna exposición en Lima en ese momento me pidió cita para una entrevista. A la hora acordada se apareció una persona, muy joven, en quien percibí inmediatamente un tono ligeramente hostil o, quizás mejor, un desacuerdo grave con las respuestas que le daba. No me disgustó en lo más mínimo la sensación de que era un escritor ejerciendo a desgano y como "modus vivendi" el periodismo, ni la idea de que sin dejar de lado el propósito que lo había traído, continuaba siendo una persona con posiciones políticas definidas y dispuesta a afirmarlas si las circunstancias lo hacían necesario. Paul Valery decía que cuando se tienen 18 años las ideas deben ser profundamente asumidas o ferozmente combatidas.
Yo que ya entonces tenía bastante más de 18 años, respondí a sus preguntas en la forma más clara, mesurada y honesta posible, tratando de dar a entender lo que pensaba de la pintura, del arte y de la política, del arte comprometido y del realismo socialista. Todas esas inquietudes en esa época conservaban una vigencia imperiosa que gravitaba sobre la crítica literaria y artística. Antes de leer el libro o ver el cuadro, era preciso que el comentador supiera la posición política del autor porque esto podía definir el sentido de la crítica. Pablo Neruda se volvió sospechoso por haber aceptado una invitación del Pen Club de Nueva Cork y René Portocarrero se convirtió en un pintor importantísimo porque seguía viviendo en Cuba.
Todas estas consideraciones estaban presentes en mi cuando Javier Arévalo me pidió esas entrevistas. Si no me equivoco fueron dos que se realizaron en distintas ocasiones, ambas hace muchos años. Lo que se publicó en el diario, los días siguientes a ellas y dadas las experiencias que tenía en esta materia, fue para mí una sorpresa porque, pués leí una versión inteligente y honesta de nuestra conversación, a pesar de que yo sabía que el entrevistador no compartía muchos de mis puntos de vista.
Nunca supe más de este periodista que dejó de escribir en El Comercio y del que conservé en la memoria solamente el apellido: Arévalo.
Hace unas semanas recibí una llamada de Javier Arévalo, quien se identificó e hicimos recuerdos de esos años en que ejercía el periodismo. Luego me informó que en España la editorial Opera Prima le había publicado su más reciente novela, "El beso de la flama", y que quería entregármela. Ya en mi casa me pidió que participara en la presentación del libro. Me rehusé por razones que siguen siendo ciertas y válidas: no soy un crítico de literatura y está lejos de mi la intención de pretender serlo y no estoy en condiciones de añadir nada importante a lo que digan los que realmente saben de esto: es decir los escritores y los críticos de literatura. Lo cordial de su insistencia venció mis reparos y aquí estoy.
La bibliografía de Arévalo para sus pocos años es ya extensa. Tiene publicados dos libros de cuentos, y es esta su cuarta novela. Estamos pues ante una vocación clara y una urgencia por comunicar que para mí son las señales más seguras del talento.
El libro de Arévalo nos transmite, voluntariamente o no, el desencanto de una generación, la tristeza por la pérdida de una inocencia en la que estaban incluidos un gran altruismo y un sincero deseo de entrega para ayudar a forjar un mundo mejor. La caída del muro de Berlín, la desintegración de la Unión Soviética deja sin piso a un sinnúmero de ilusiones, postergadas, pasmadas en un mundo espiritual súbitamente vacío. La historia que circulaba en esos años del tipo que dice "Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo no me siento muy bien", describe -estúpidamente si se quiere- ese vacío. Vacío que, lo comprobamos en la novela, tampoco el mero ejercicio de la sexualidad -por más complicada y perversa que sea- logrará nunca saciar, porque por ese camino no se llega nunca a esa zona sagrada que es el erotismo.
"El beso de la flama" es un libro ambicioso y dramático que su título resume de cierta manera. Hay en los personajes un oscuro magnetismo que los arrastra hacia abajo, hacia un fuego en donde las angustias, las frustraciones, las contradicciones se consumirán y en cierta manera se consumarán. Pero también, oscura, borrosa, vagamente se siente una esperanza. Las palabras finales del libro dejan ver, imprecisa, pero indudable, una puerta "…a lo lejos vi una luz que me trajo nuevamente a la realidad. No podía distinguir qué erea aquello que había al frente, tal vez un campamento minero o un pueblo. La luz podía responder a cualquier cosa, yo igual me acercaba porque estaba en el camino y me impulsaba la esperanza de encontrar a alguien que pudiera ayudarnos."