La búsqueda de una flama
Firma: Iván Thays
Publicado en el diario Correo el Domingo 17 de Febrero del 2002

Javier Arévalo, (Lima 1965) es uno de aquellos narradores que en los años 90 comenzaron su carrera con gran auspicio de la crítica e interés de los lectores. Luego de algunos años, tenemos una nueva novela suya entre manos, esta vez editada en Madrid, en la prestigiosa editorial Opera Prima, y que ya ha recibido buena crítica en algunos diarios españoles.
La obra de Javier Arévalo incluye un libro de cuentos Una trampa para el comandante (1989), reeditado y ampliado en 1995 bajo el título de Previo al silencio, y dos novelas Nocturno de ron y gatos (1994) e Instrucciones para atrapar a un ángel (1995). Además, en 1997 apareció la novela para adolescentes Vértigo bajo la luna llena. No es pues, un autor de obra escasa, sino más bien un escritor de oficio, de una obra productiva que de alguna manera va trazando vínculos entre una y otra y en la cual se pueden descubrir, además algunos temas y preocupaciones en común. Su reciente novela El beso de la flama, se convierte así en una suerte de continuidad de esos temas e inquietudes: el intento de atrapar los convulsos años 80; de crear personajes que se mueven en el límite entre la juventud y la madurez; la necesidad de crear una trama policial que sea el gran hilo conductor del relato, sin que signifique que su obra pueda ser generalizada como novela policial; la educación sentimental; el tema de la violencia política; y finalmente la insistencia de personajes periodistas, casi siempre jóvenes cachorros que se estrenan en la bohemia, el cinismo y el éxito profesional.
Pero entendamos claramente que ese continuo de una obra a otra no debe ser considerado un demérito en la obra de ningún escritor. Suele suceder en los creadores que es un tema, un demonio particular, aquel que deben exorcizar, y pueden pasarse la vida entera haciéndolo. Puede suceder incluso que jamás terminen de exterminarlo de su vida. O también, que pronto logren domar su demonio particular, y entonces se encierren en un silencio constante que se confunde con el pasmo, o con el bloqueo del escritor, el terror de la página en blanco, etc, pero quizá signifique simplemente que la batalla se ha trasladado a otro terreno.
Pues bien, El beso de la flama es una vuelta de tuerca de los viejos intereses de Arévalo, pero no es un simple tours de force sino, más bien, un conmovedor y exitoso intento de crear con esos demonios una obra compleja, donde el autor está plenamente consciente de las inquietudes que animan su obra, las razones por las cuales elabora su discurso, la búsqueda de saber qué hay detrás del tema recurrente.
El argumento nos lleva, a través de pequeños textos, a un grupo de personas unidas por una historia colectiva común. El trasfondo, la sombra detrás del retrato de grupo, es la violencia terrorista que vivió el país hace unas décadas. Pero la fotografía se detiene en los individuos, los enfoca, trata de introducirnos en las complejidades de su interior, en especial el de Valeria, quien escribe unos textos en segunda persona, donde nos cuenta su vida.
Otros personajes, como Sebastián o Abril, también consiguen ser convincentes, y es en especial el drama familiar del capítulo titulado "Mujer Catedral" el que consigue introducirnos en la soledad profunda en la que estas personas imposibles de comunicarse y darse al otro, están hundidas. Pues de lo que realmente trata esta novela es de compromiso. Javier Arévalo es producto de una época en la que los compromisos colectivos e individuales se convierten en traumáticos, en utopías y El beso de la flama es una novela que retrata, al mismo tiempo, la necesidad y la imposibilidad del compromiso. Es complejo el tema, por cierto, porque el autor no ha querido tomar una postura ni hacer una crítica, sino retratar, digamos, un estado de la cuestión. "He visto como las polillas se precipitan fascinadas hacia un resplandor falso en el fondo de un tazón de agua" dice al comienzo de la novela, y de eso trata, cada uno de los personajes es una polilla que se arroja hacia un resplandor, llámese amor, llámese guerrilla, cualquier cosa que sea capaz de darle sentido a la vida. Pero al final parecen descubrir que no, que esos falsos resplandores solo tienen alivios pasajeros. Sin embargo, no por saber eso dejan de buscarlos, y he ahí la verdadera contradicción humana y la correcta dialéctica de la novela. En un momento, ante las palabras de su marido, que promete no perderla en un brumoso mar por más seductor que este seas, Mary se pregunta: "¿acaso no es hermoso estar fascinada, perdida de deseo, de amor, deslumbrada por la refulgencia de un objeto amado que nos atrae y nos chamusca, como se chamusca un bicho cuando besa la flama de una vela?" Y es que para los protagonistas de esta novela, donde el desencanto campea, cualquier luz, incluso una falsa, incluso una que puede terminar chamuscándolos, es una pequeña esperanza a la que hay que aferrarse para pensar que no todo está perdido.