Javier Arévalo, (Lima 1965) es uno de aquellos narradores que en los
años 90 comenzaron su carrera con gran auspicio de la crítica
e interés de los lectores. Luego de algunos años, tenemos una
nueva novela suya entre manos, esta vez editada en Madrid, en la prestigiosa
editorial Opera Prima, y que ya ha recibido buena crítica en algunos
diarios españoles.
La obra de Javier Arévalo incluye un libro de cuentos Una trampa para
el comandante (1989), reeditado y ampliado en 1995 bajo el título de
Previo al silencio, y dos novelas Nocturno de ron y gatos (1994) e Instrucciones
para atrapar a un ángel (1995). Además, en 1997 apareció
la novela para adolescentes Vértigo bajo la luna llena. No es pues, un
autor de obra escasa, sino más bien un escritor de oficio, de una obra
productiva que de alguna manera va trazando vínculos entre una y otra
y en la cual se pueden descubrir, además algunos temas y preocupaciones
en común. Su reciente novela El beso de la flama, se convierte así
en una suerte de continuidad de esos temas e inquietudes: el intento de atrapar
los convulsos años 80; de crear personajes que se mueven en el límite
entre la juventud y la madurez; la necesidad de crear una trama policial que
sea el gran hilo conductor del relato, sin que signifique que su obra pueda
ser generalizada como novela policial; la educación sentimental; el tema
de la violencia política; y finalmente la insistencia de personajes periodistas,
casi siempre jóvenes cachorros que se estrenan en la bohemia, el cinismo
y el éxito profesional.
Pero entendamos claramente que ese continuo de una obra a otra no debe ser considerado
un demérito en la obra de ningún escritor. Suele suceder en los
creadores que es un tema, un demonio particular, aquel que deben exorcizar,
y pueden pasarse la vida entera haciéndolo. Puede suceder incluso que
jamás terminen de exterminarlo de su vida. O también, que pronto
logren domar su demonio particular, y entonces se encierren en un silencio constante
que se confunde con el pasmo, o con el bloqueo del escritor, el terror de la
página en blanco, etc, pero quizá signifique simplemente que la
batalla se ha trasladado a otro terreno.
Pues bien, El beso de la flama es una vuelta de tuerca de los viejos intereses
de Arévalo, pero no es un simple tours de force sino, más bien,
un conmovedor y exitoso intento de crear con esos demonios una obra compleja,
donde el autor está plenamente consciente de las inquietudes que animan
su obra, las razones por las cuales elabora su discurso, la búsqueda
de saber qué hay detrás del tema recurrente.
El argumento nos lleva, a través de pequeños textos, a un grupo
de personas unidas por una historia colectiva común. El trasfondo, la
sombra detrás del retrato de grupo, es la violencia terrorista que vivió
el país hace unas décadas. Pero la fotografía se detiene
en los individuos, los enfoca, trata de introducirnos en las complejidades de
su interior, en especial el de Valeria, quien escribe unos textos en segunda
persona, donde nos cuenta su vida.
Otros personajes, como Sebastián o Abril, también consiguen ser
convincentes, y es en especial el drama familiar del capítulo titulado
"Mujer Catedral" el que consigue introducirnos en la soledad profunda
en la que estas personas imposibles de comunicarse y darse al otro, están
hundidas. Pues de lo que realmente trata esta novela es de compromiso. Javier
Arévalo es producto de una época en la que los compromisos colectivos
e individuales se convierten en traumáticos, en utopías y El beso
de la flama es una novela que retrata, al mismo tiempo, la necesidad y la imposibilidad
del compromiso. Es complejo el tema, por cierto, porque el autor no ha querido
tomar una postura ni hacer una crítica, sino retratar, digamos, un estado
de la cuestión. "He visto como las polillas se precipitan fascinadas
hacia un resplandor falso en el fondo de un tazón de agua" dice
al comienzo de la novela, y de eso trata, cada uno de los personajes es una
polilla que se arroja hacia un resplandor, llámese amor, llámese
guerrilla, cualquier cosa que sea capaz de darle sentido a la vida. Pero al
final parecen descubrir que no, que esos falsos resplandores solo tienen alivios
pasajeros. Sin embargo, no por saber eso dejan de buscarlos, y he ahí
la verdadera contradicción humana y la correcta dialéctica de
la novela. En un momento, ante las palabras de su marido, que promete no perderla
en un brumoso mar por más seductor que este seas, Mary se pregunta: "¿acaso
no es hermoso estar fascinada, perdida de deseo, de amor, deslumbrada por la
refulgencia de un objeto amado que nos atrae y nos chamusca, como se chamusca
un bicho cuando besa la flama de una vela?" Y es que para los protagonistas
de esta novela, donde el desencanto campea, cualquier luz, incluso una falsa,
incluso una que puede terminar chamuscándolos, es una pequeña
esperanza a la que hay que aferrarse para pensar que no todo está perdido.